
Hace unos días, no muchos, tomando unas cañas con los amigos, me presentaron a un grupo de jóvenes, eran cuatro y rondaban entre los diecinueve y veinte años, y como es habitual en todas las reuniones, después de unas cuantas cervezas, cuando la lengua está suelta y la mente más desinhibida, empezamos a salvar al mundo. La conversación bailaba del futbol a la política, de la política a Eurovisión y de Eurovisión otra vez al futbol, pues, si bien Soraya quedó realmente mal en Rusia y la crisis iba a peor, el Barcelona se estaba saliendo en Europa. Todo iba bien hasta que se tocó el tema de la Iglesia. Entonces toda la conversación giró en torno a ella. Lo cual es lógico, pues siempre ha sido un tema bastante polémico.
A mí me asombraba la ligereza con la que soltaban sus ideas estos jóvenes; no creo en una Iglesia rica, es arcaica, no evoluciona, son algunas de sus apreciaciones. Era curioso ver como todos asentían a la vez, o como pronunciaban sus pensamientos usando casi las mismas palabras que usan en la televisión a diario, y es que, cuando se habla de la Iglesia, siempre se repiten los mismos clichés. Yo no es que sea especialmente católico -que lo soy-, ni seguidor dogmatico de los designios de la iglesia -que no lo soy-, pero sí que soy libre pensador y como tal me cuestiono todo.
La Iglesia es rica –decían-, como si el Papa y los obispos pudieran hacer uso de las posesiones de la Iglesia. Vamos, ya me veo a Joseph Ratzinger subastando la Piedad de Miguel Ángel para conseguir unas pelas e irse de vacaciones a Benidorm; o a Monseñor Amigo, Cardenal de Sevilla, vendiendo la casulla morada de Cuaresma para irse en Semana Santa a esquiar a Sierra Nevada. No, esas cosas no les pertenecen. De hecho, no les pertenecen a nadie en concreto, sino a un Ente más grande y más heterogéneo que el mismísimo Vaticano; pertenece a la Iglesia Católica, a la que formamos todos; la Piedad de Miguel Ángel, la Capilla Sixtina o la Custodia de la Catedral de Sevilla, me pertenecen a mí tanto como al mismísimo Papa; ambos podemos hacer el mismo uso de la propiedad sobre estas cosas, es decir, ninguno. Es más, cualquier persona puede hacer el mismo uso de la propiedad que los católicos, porque cualquiera puede entrar al Vaticano, a la Catedral de Sevilla o a la Iglesia de su pueblo a verlos y a apreciarlos como verdaderas obras de arte; pues la finalidad de todas estas cosas es esa, su exhibición. Ahora, es el Credo ordenado el garante de su buen estado y cuidado, y no porque quiera serlo, que seguro que quiere, sino porque los avatares de la Historia han hecho que sea así.
La Iglesia es arcaica, condena el sexo y no permite el uso del condón a los enfermos de Sida. Siempre que he escuchado estas palabras he preguntado lo mismo: ¿Has leído el Catecismo? Nunca me han respondido afirmativamente. Pues bien, no diré que yo lo haya leído, pero sí que le he echado un ojo, sobre todo a estas cuestiones, porque para hablar de algo hay que conocer ese algo. Creo que puedo decir que esa afirmación es totalmente errónea. En primer lugar, la Iglesia no condena el sexo, sino que diferencia el sexo bien llevado a cabo con un comportamiento desordenado del mismo. Es decir, practicar sexo con tu novia fuera del sacramento, no es que sea pecado, sino que responde a una finalidad que nada tiene que ver con tener hijos (finalidad que reconoce la Iglesia), sino más bien al placer por el placer. Para la Iglesia dicha finalidad no es la idónea y la reconoce como equivocada y como un mal moral. Lo que dice la Iglesia al respecto es que es un comportamiento que atenta contra la dignidad de las personas, pues basa esta dignidad –sexual- en el orden moral del acto; según la Iglesia, moral sería “aquella relación que realiza el sentido integro de la mutua entrega y de la procreación humana en el contexto de un amor verdadero”. Yo, ni estoy ni dejo de estar de acuerdo con esto, pero creo que es un pensamiento lógico que, además, responde al tema del uso del condón. No es que la Iglesia condene su uso, sino que, siguiendo su pensamiento, lo reconoce como un instrumento que atenta contra la dignidad del acto sexual, pues anula por completo la finalidad -según la Iglesia- moral del mismo, la procreación. La Iglesia no quiere que se propague el Sida, por supuesto, sino que el ser humano se responsabilice de sus actos. El sexo tiene como finalidad la procreación, no pasar un buen rato. ¿Este pensamiento es arcaico? Bueno, yo no diría eso. Más bien responde a un mirar la vida desde otra perspectiva, lo cual no es que sea arcaico, sino consecuente con sus creencias. La Iglesia defiende que el sexo es una acto de responsabilidad humana donde hay que velar por la dignidad del mismo, vigilando que su finalidad sea la correcta y que no conlleve mayores consecuencias (como conllevaría el adulterio); pues bien, si este es su pensamiento, no puede decir que el uso del condón sea digno, no sería consecuente con su manera de entender las cosas. Lo cual no la vuelve arcaica, sino tenaz en su misión apostólica. Otra cosa es que estemos o no de acuerdo. Yo estoy a favor de ir regalando condones a doquier en África, pues, a mi entender, moralmente sería un mal menor y salvaría la vida a miles de personas. Pero, como la Iglesia mañana empiece a promover el uso del preservativo, mañana mismo me hago budista, porque no soy de una Iglesia hipócrita con sus creencias.
Por otro lado, en los tiempos que corren hoy, con la Ley de Dependencia en boca de todos, o estando la mayoría más concienciados con las diferencias sociales, no podemos decir que la Iglesia sea arcaica, pues lleva siglos procesando y proclamando de forma desinteresada lo que la sociedad se acaba de dar cuenta casi hoy mismo, el valor de la Solidaridad. Creo que debo recordar que la labor asistencial que lleva a cabo la Iglesia es extraordinaria, y que no se puede comparar con ninguna ONG, por muy famosa que sea esta.
Para terminar, sólo quiero dejar patente que no soy un mojigato beato que va cantando por las calles, chaleco al hombro, el “amo a Laura”. Sólo soy una persona que ha reflexionado sobre los clichés que no para de oír en todos los medios de comunicación; donde aparece la Iglesia como mala, malísima, y donde parece haber una guerra encarnizada entre el progresismo rancio con olor a nectarina y la mismísima Curia, que por cierto a veces huele igual. Sólo puedo decir que las cosas que pienso las he pensado yo. Con eso soy feliz.